Mostrando entradas con la etiqueta Something else. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Something else. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de julio de 2019


He vuelto a colapsar, otra vez. Me he quedado bloqueado, incapaz de decidir sin gritar -qué orgullo-, viéndome arrojado otra vez al camino que conforma el maldito círculo del que no parece que haya sido capaz de escapar en estos dos últimos años.
De vez en cuando puede ser normal, no es necesario u obligatorio sentirse impotente, culpable o fracasado. Pero eso no quiere decir que no joda; la incapacidad de decidir, la dificultad para ver más allá del problema, el bloqueo tanto físico como mental..., todo mi ser abandonado mientras una voz en lo más profundo de mi cabeza repite "no, otra vez no".

domingo, 21 de julio de 2019


Gastamos dinero, por una noche, a lo loco, descontrolados y ansiosos, pero con un halo de tranquilidad aparente envolviéndonos: como si fuésemos los dueños de la ciudad.
Cenamos en un reservado con vino caro, masticamos exquisitas carnes lejos del bolsillo medio, pedimos -nosotros que odiamos el dulce- el más suntuoso postre que encontramos, y fumamos puros gruesos, como aquellos que le sisábamos a nuestros abuelos cuando jugábamos a ser mucho mayores de lo que éramos.
A veces también hace falta derrochar un poco, sentirse elevado, por encima de las propias necesidades y posibilidades, olvidándose durante un par de horas de todas esas preocupaciones que no paran de intentar convencerte de que no vas a poder.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Esta no es mi casa. No me refiero a que no me pertenezca; eso es algo obvio: la casa es del banco. Cuando digo que no es mi casa, tampoco pretendo menospreciar las distintas estancias, lo espacios que en ella coexisten, que la conforman como vivienda formidable e incluso caluroso hogar; adoro a las personas que la habitan, mis hijos y mi mujer, nada más lejos de mis intenciones que despreciarles con mi declaración. Pero lo cierto es que esta no es mi casa, como tampoco lo ha sido ninguno de los diferentes inmuebles en los que he habitado desde que tengo memoria; tal vez antes del recuerdo sí que percibiese el hogar familiar como mío, pero eso es algo que el olvido me impide tener en cuenta.
Esta no es mi casa y, aún así, vivo en ella: duermo, o lo intento, me despierto, paso por el cuarto de baño, desayuno algo y me descalzo cuando regreso por la noche, repaso algunas cuentas, escribo correos electrónicos e intento gestionar una empresa de limpieza, de vez en cuando oigo música, leo un cuento a los chiquillos y juego a alguna tontería con ellos. Hago todo lo que uno debe de hacer en su casa. Supongo que así ha de ser; pero sigue sin ser mi casa.
Me he pasado horas y más horas, de días y semanas y meses enteros, dándole vueltas a la misteriosa razón por la que no percibo esta casa como mía y, sinceramente, no hallo solución: en esta casa he besado a las personas que más amo, he bebido cerveza fría con mi hermano, he puesto mi copia del primer LP de Leonard Cohen y he escrito unas cuantas líneas bastante decentes; entonces, ¿por qué esta no es mi casa?
Desesperado, busco mi respuesta, espero la iluminación, algo de ayuda, una solución.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Y PUNTO (FIN -DE LA SEGUNDA PARTE-)
     Soledad es que no le importe nada de lo que digas a quien te pueda entender y que no te entienda en absoluto ninguna de las personas a las que les importas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

CUALQUIER DÍA
     "Cualquier día lo mando todo a la mierda y me largo"; un sueño, una promesa incumplida sistemáticamente, una declaración de intenciones que nace mutilada.
     Lo tenía claro, y aún así no podía evitarlo: Jacobus Stolz estaba harto de su insignificante y veloz vida. Poseía una fructífera y estúpida empresa con varias decenas de trabajadores que ocupaban sus jornadas apretando tuercas de máquinas cuya utilidad era un completo misterio. Cada día, desde bien temprano, Stolz se dedicaba a revisar todas y cada una de esas tuercas, minuciosamente, más como un maniaco que como un gerente cualquiera; así, día tras día, durante quince años. Hastiado, Jacobus fantaseaba -y a menudo amenazaba- con levantarse una mañana y desaparecer con unos cuantos miles de euros ahorrados y una maleta con algo de ropa para sus dos hijos, su mujer y él mismo. Los secuestraría, pensaba, y les regalaría la libertad, una oportunidad en otro lugar, con otro nombre; una nueva vida. Sin cartas de despedida. Hay que aclarar que el pobre Stolz sabía que, de llevar a cabo su huída, tendría que 'secuestrar' obligatoriamente a su esposa, ocultándole en todo momento sus verdaderos planes. Bien sabía él que también ella, secretamente, soñaba con escapar de aquella trampa maldita en la que, casi sin darse cuenta, llevaba metida diez años; no era fácil ser la compañera de un escritor frustrado, triste y gris, que regresaba cada jornada a sus brazos con la cabeza gacha, perdido en lamentos y maldiciones por saberse, cada día, un poquito más lejos de sus expectativas. Por desgracia, y a pesar de todo, ella aún no había tocado fondo; era mucho más fuerte que él, y esa fuerza, precisamente, la mantenía atada a todos los convencionalismos que tan desgraciada le hacían sentir: familia, trabajo, posición... el mundo.
     Así que Jacobus Stolz, que se dedicaba a mentirse y trampearse a si mismo jornada sí, jornada también, comenzaba todas las semanas cumpliendo con un ritual que sólo para él tenía algún sentido. Cada lunes, a las siete en punto de la mañana, cruzaba el umbral de la Cafetería Gredos, lugar en el que había ambientado los primeros pasajes de su única novela publicada -doce años atrás-, pedía un café solo y tomaba asiento en la mesa más alejada del ruido del televisor que se empeñaba en escupir noticias que nada le importaban; allí abría un viejo cuaderno que le había regalado hacía mucho tiempo su padre, el único que alguna vez había creído en sus posibilidades como escritor, pensaba él, y vertía algo de tinta sobre una de sus páginas. Después de media hora levantaba la vista, los ojos rojos, llenos de lágrimas, pagaba y se encaminaba a su oficina. Comenzaba una nueva semana. A cada paso canturreaba, silbaba una vieja melodía de Tchaikovsky; cualquier día, susurraba, cualquier día.



sábado, 6 de febrero de 2016

HOME SWEET HOME
     Acababa de coronar por primera vez el Monte Naranco, ese con el que he crecido al lado toda la vida, con sus árboles y sus casitas y sus vacas y ovejas y caballos y gatos locos y perros tranquilos, con sus praderas y sus monumentos prerrománicos, con sus miradores, sus asadores y sus flores, y muy especialmente, con su Cristo.
     Para el común de los corredores ovetenses esto es algo habitual, una tradición con la que uno cumple al menos un par de veces al año, quizá al mes; hay quien incluso lo hace todos los fines de semana. Para mí, en cambio, esto era un reto, todo un reto. Cuando comencé a correr, hace unos diez años, yo ya había alcanzado los veinticinco, edad a la que uno, se supone, está al máximo de su potencial físico; a partir de ese momento, por mucho que uno se esfuerce, sus capacidades van a menos: podemos mejorar, pero nunca sabremos de lo que habríamos sido capaces de haber empezado un poquito antes. El caso es que yo jamás he tenido aptitudes reales para la práctica de ningún deporte; siempre digo que, cuando corro, hay muchas posibilidades de que más de una de las personas que se cruzan conmigo piense que debería llamar al 112 y darles mi posición, por lo que pueda pasar. Si a esto le añadimos que hace cinco años aproximadamente, varios traumatólogos me exhortaron a que abandonase mi empeño en continuar corriendo, so pena de destrozarme definitivamente las rótulas y las caderas e instalarme para siempre en el reino de las lumbalgias, podemos entonces comprender por qué alcanzar el punto más elevado de este símbolo de mi ciudad era, más que una obligación, un objetivo.
     En fin, lo conseguí; atrás quedaban cinco años de empeño y dolor, algún que otro intento fallido y abortado por culpa de una vomitona madrugadora o un calambre fatídico. Llegué arriba, con mis piernas torpes y temblorosas, con mis pies quejicas y mi espalda retorcida. Y lloré, como un niño; lloré ante la imponente imagen de Jesucristo, de Dios hecho hombre para sufrir como nosotros y sudar y sangrar..., y allí estaba yo, un tío que no podía hacer lo que acababa de hacer. Y lloré.
     A la vuelta -porque todo lo que sube tiene que bajar- mis pies me mandaban mensajes todo el rato: pero qué has hecho tronco, estás loco, te vas a enterar el resto del día. Pero me daba igual, yo era incapaz de prestarles atención; todo lo que podía oír en mi cabeza era la melodía del 'Home sweet home' de Mötley Crüe. A mí nunca me han entusiasmado mucho estos cuatro californianos, la verdad, pero... he de reconocer que este tema tiene algo. Además, oírlo mientras regresas a casa después de... lograrlo..., sencillamente te deja sin palabras.

Sabes que soy un soñador
con el corazón de oro,
tengo que correr rápido hacia arriba
para no volver a casa cuesta abajo.
Que algunas cosas no fuesen bien
no quiere decir que siempre fueran mal,
simplemente quédate con esta canción y
nunca te sentirás sólo y abandonado.
Llévame en tu corazón,
siénteme en tus huesos,
tan solo una noche más
y llegaré al final
de esta larga y sinuosa carretera.
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.
Sabes que he visto
demasiados sueños románticos:
arriba las luces, la pantalla oscureciendo.
Mi corazón es un libro abierto
que todo el mundo puede leer;
a veces nada puede mantenerme quieto
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.
Esta noche, esta noche.
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.

(Home sweet home. traducción adaptada de Israel Lozano)

viernes, 25 de diciembre de 2015

COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO
     Había escrito unos cuatrocientos poemas; tenía trece años cuando derramé sangre negra sobre el papel por vez primera, diez más cuando redacté el último de ellos. Y después, unos pocos meses; dos, tres... quizá.
     Serían las nueve de la noche, unos cuantos amigos se habían reunido en mi salón para beber cerveza -nada poético, pero sí muy artístico porque, ya se sabe, los caminos de la inspiración son inescrutables-; charlábamos acerca de cualquiera de las muchas estupideces que por aquel entonces ocupaban tanto tiempo en nuestras mentes; entre risas y humo de cigarrillos extra-largos cargados de tranquilidad. Yo pensaba seguir escribiendo poesía, no había tomado la decisión de renunciar a la rima de forma definitiva ni nada por el estilo. Llevaba unos minutos callado, abstraído, como en 'standbye', cuando me levanté como un resorte y me dirigí a la cocina. Un minuto más tarde regresé con un caldero metálico, un trozo de algodón y un bote de alcohol. Lo que sigue es obvio: prendí fuego al algodón empapado y lo arrojé al cubo. Mis invitados comenzaron a gritar y cantar con fervor. Yo volví a ausentarme unos segundos para después reaparecer en el salón con el, hasta entonces, total de mi producción poética. Todo al fuego, sin reparo, sin perdón. Mis amigos enmudecieron; me observaban con una cruel mezcla de miedo y estupor que a mi terminó por hacerme reír; así que la fiesta continuó.

     Han pasado más de diez años de todo esto. Algunas tardes de domingo, cuando las circunstancias incontrolables aunque cuestionables de la vida, me obligan a estar solo, me da por ver películas malas de los años noventa, beber cerveza de forma desesperada y rebuscar entre todos mis papeles, una vez más; por si hay suerte, pudiera ser que algo se salvase. Quién sabe. Lo hago como ritual que merece ser perpetuado en el tiempo, incluso más allá del día en que las causas de su origen sean olvidadas. Lo hago también, para combatir la soledad y la nostalgia del final del fin de semana -otro ciclo abrasado-; y por supuesto, lo hago para mantener viva la llama de la locura que aquel fuego, hace ya tanto tiempo, encendió en mi interior.

jueves, 12 de noviembre de 2015

SÁBADO, POR LA MAÑANA, BIEN TEMPRANO
     Resulta agradable salir a pasear y sentir el fresco mañanero de los últimos días de la primavera, cuando el calor que vendrá después aún está por llegar. Y qué decir de salir a correr antes de que el sol lo ilumine todo, hasta el último rincón de las grises calles, y la primera gota de sudor hace acto de presencia. Se trata de un sudor refrescante y cálido -sí, a la vez- que te ayuda a reconciliarte con el género humano, con Dios y sus ángeles, con la Creación en su conjunto. Después vendrán el café y el cuaderno de notas, el ruido de la mañana avanzada, la primera caña del día, un trocito de pan con aceite y sal, las sillas incómodas y las carreras de motos. Pero eso será más tarde, cuando el resto del mundo despierte y se decida a unirse en esta cruzada sin nada heroico que ofrecerle a la vida; sólo un poco de silencio y una sonrisa.

jueves, 27 de agosto de 2015

AHORA QUE NO ESTOY (pt.18/18)
JUSTO AL FINAL
-Coda-
     Tengo la sensación de que antes o después tendré que volver a leer todo lo que he escrito para no olvidarme de quién soy.

jueves, 20 de agosto de 2015

AHORA QUE NO ESTOY (pt.17/18)
     Ayer volvió a pasarme; últimamente parece que todo el mundo tiene más confianza en mí que yo mismo. Oigo frases como “este chaval va a llegar lejos” o “si los que mandan pensasen como tú...”, y me pregunto por qué no mando yo. ¿Hace falta realmente ser uno de los que manda para hacer algo?
     Hay que cambiar el mundo. Cambiar... El cambio y la presencia perpetua, la perduración en el tiempo de un algo, el que sea ¡da lo mismo!, que ate por siempre un nombre a una imagen. El recuerdo, la memoria, la imaginación..., la memoria imaginada -que no es lo mismo que inventada- y ¿el recuerdo soñado?
     Mi padre y su legado oculto en mis venas; simple sangre.
     Cuando era un crío no conseguía entender qué satisfacción, qué bien supremo y superior podía encontrar mi padre en el acto de salir a correr. Correr...; ¿qué podía -y puede- darle el correr a mi padre, que compensase los tobillos doloridos, los ocasionales mareos y nauseas, vómitos y los más que habituales retorcijones de estómago?
***
     Me dijeron que el mundo no podía ser cambiado y entonces supe cual era mi destino. Oí que no había nada que fuese para siempre y conocí mi camino.
***
     Hace setenta y cuatro días que empecé a correr. Aún no sé muy bien cómo explicar porqué empecé a hacerlo, pero sí sé que llevaba mucho tiempo intentando ignorar cierta necesidad de hacerlo. Me siento libre.
     Intento imaginar lo que supone para un quinceañero de los últimos años sesenta esa sensación, libertad...; “nadie puede arrebatarme este momento, y jamás podrá hacerlo”. Comienzo a entender a mi padre.
     Mi padre creció en una España en la que los jóvenes sabían que existían libros que no les estaba permitido leer, discos que no podían escuchar y películas recortadas y prohibidas para todas las miradas. Por otra parte, el deseo, la necesidad. Y en medio de todo esto, las gotas de sudor resbalando por la frente, recordándole a uno que está vivo, que ese corazón que ahora galopa apropiándose del ritmo de cualquier pensamiento, es el suyo, que estas piernas temblorosas, aún pueden recorrer un kilómetro más, que no hay más límite ni barrera que los de mi propia voluntad.
     Han pasado veintiocho años desde mi primera mirada y creo (intuyo que además es cierto) que por segunda vez en mi vida empiezo a comprender. Dicen que el vino mejora con el tiempo. Vino tinto, tinta roja; mi sangre otra vez. Y en ella, el reflejo de mi pasado, el recuerdo de un nombre: Lozano.
     Todos y uno, como los mosqueteros. Entiendo mi propia deuda histórica.
***
     Hoy he salido por primera vez a la carretera. Me siento como si todo volviese a empezar otra vez. Una nueva oportunidad, para mí y para todo el peso de mi espalda. Está bien, esto está bien.
     A veces, mientras corro, sin ningún motivo, me entran ganas de llorar. En cambio, otras me apetece -y no puedo evitarlo- reír y levantar los brazos en señal de victoria e intentar volar. 
***
     Creo que hoy, por fin, he comenzado a conseguirlo. Y ahora, nada me va a parar.

jueves, 30 de julio de 2015

AHORA QUE NO ESTOY (pt.14/18)
     Mi padre solía llevar sonando a Neil Diamond en el coche cuando yo era pequeño. Nunca faltaban los susurros, los silbidos ni los canturreos; “canta libre, de mi madre y mi padre...”, me encantaba.
     Hubo un tiempo en que creía que jamás alcanzaría una unión mayor con mi padre, que la que siento cuando oigo la voz de Neil, haciéndome recordar la sonrisa del hombre al que cada día que pasa, siento que conozco más y mejor.
     Mi padre solía llevar a Neil Diamond, casi como si fuese su segundo copiloto -el primero era yo- y supongo que por eso me gusta tanto oír sus canciones. Por otra parte, pero siempre en el mismo orden, a mí me pasa algo parecido con Chris Isaak; él es mi copiloto oficial, incluso cuando son otros los que, ocasionalmente y siempre de prestado, viajan a mi lado.
***
     Debe de ser jodido ser Chris Isaak..., casi tanto como ser Leonard Cohen. Siempre esperando a que la próxima chica se vaya, sin mirar atrás, sin compasión, regalándote todo el dolor que necesitas para escribir otra canción.
***
     Es curioso como algunas cosas, exteriorizaciones e interiores fundamentalmente, que no responden en principio a las leyes y la lógica de la genética, pueden apreciarse con la misma fuerza en dos espíritus que han caminado tan separados. Ciertos nacimientos, una mirada perdida, un giño de ojos, nuestra media sonrisa, la visión roja y negra, la inclinación de la letra, el opuesto del pensamiento, el silencio inundado de gritos del corazón..., mi padre y yo.
     Es curioso -si, también esto es curioso-, pero mi padre y yo empezamos este camino -lo supe después de muchos años- tan cerca como conseguimos volver a estarlo hace apenas unos cuantos veranos. Y no sé porqué dejó de ser así.
***
     “Cokili, cokili... digo, digo, digo”.

jueves, 16 de julio de 2015

AHORA QUE NO ESTOY (pt.12/18)
     Existe un archivador rojo que guardo en un hueco de mi escritorio, en el que recojo y acopio con cierto celo, distintos documentos relacionados con lo que ha sido mi vida no interior hasta este preciso instante.
     Algunos días, con la puesta de sol, siento que el archivador rojo me llama, me grita rogando, o tal vez sea ordenando -no lo sé-, que lo saque de su retiro, de su ostracismo, y lo abra,
     A veces, repasando el testimonio de ciertos recuerdos a través de sus páginas, termino por llorar.
***
     Con 10 años mi abuela y mi madre terminaron por aceptar que había algo diferente en mí, algo que no iban a poder entender sin la ayuda adecuada. Así que en abril de 1991 decidieron llevarme a un psicólogo. Después de un par de días haciendo pruebas y conversando casi de igual a igual -algo realmente complicado en lo que prácticamente es igual que un interrogatorio policial-, éste dictaminó que el sujeto de estudio, yo, poseía 'ciertas habilidades'.
     Un mes más tarde, y sólo por cumplir con la vieja tradición española de la segunda opinión, y nada más, un nuevo psicólogo se entrevistó conmigo -aunque más bien debiera decir que yo me entrevisté con él- durante dos tardes. Este otro experto del intelecto humano (oh, no) y la agudeza personal, concedió a las ya constatadas y confirmadas habilidades el atributo de 'excepcionales'.
     Hoy por hoy ya no tengo ningún problema con la denominación de origen 'superdotado', pero hubo un tiempo en que ésta, como tantas otras, más que un tabú era un terror.
***
     Una vez, mi padre me escribió una carta en la que decía que estaba orgulloso de mí. Recuerdo sus motivos, los tengo digeridos y aún así, hoy me siguen emocionando.
***
     Fue en la primavera de 1997 cuando supe, por primera vez y en primera persona, de lo efímero de la vida.
     "Sepsis meningocócica tipo C, quizás -las pruebas no eran concluyentes-; ingresémosle en la UVI por si acaso. ¿Hay alguna cama libre? Aunque sólo sea hasta mañana, por si acaso”.
     Recuerdo haberme pasado todo un mes, el inmediatamente anterior, teniendo un sueño noche tras noche, muy parecido a lo que ahora estaba siendo real. El dolor de mi cabeza, el dolor de mi cuerpo, el dolor de mi espíritu...; yo ya había estado aquí.
     “Si no le hubiésemos ingresado, después de 24 horas...”; aquella noche tuve la suerte, sí, la SUERTE de que el doctor Miguel Ángel Llaneza fuese el encargado de decidir. Y precisamente, ésta era la diferencia con mi sueño.
     Recuerdo a mi abuela sentada a mi lado, a punto de llorar.
     “¿Sigue vivo? Es un milagro, no sabemos qué hacer con él”. Y mis ojos -sólo mis ojos-, cerrados…
     Recuerdo mirar al cielo y ver el Cielo, y recuerdo pedir “aunque sólo crea en Ti por necesidad, un solo día más fuera de aquí”. Y ahora estoy aquí, escribiendo esto. (Y Te doy gracias).
     Recuerdo la mirada triste de mi hermano el día de su primera comunión.
     Recuerdo las manos de mi padre atusando mi pelo.

jueves, 18 de junio de 2015

AHORA QUE NO ESTOY (pt.08/18)
     Siendo pequeño, bastante pequeño, con apenas dos o tres años de edad, a mi abuela le pidieron que me dejase, en préstamo o algo así -supongo-, para utilizarme como maniquí viviente en una boutique, ¡uh!, de ropa infantil.
     Era un niño tan mono...
***
     Por cierto, allá por los felices 40 -felices porque yo lo diga-, el Señor Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación y director general de la Guardia Civil en tiempos de Franco, intentó en repetidas ocasiones 'adoptar' -más bien comprar, pues no era huérfana- a mi abuela, con el fin de convertirla en su heredera.
***
     Era un niño tan mono..., eso decían.
     Entonces, por aquel entonces quiero decir, sabía tan poco de tan pocas cosas: de notas de colores y partituras imposibles, de estrellas en la noche, de focos rojos sobre un escenario, de focos rojos junto a un sofá, de pentagramas grises y escalas invisibles, de la distancia, del ruido y el silencio, de la edad, de las edades, de nuestra edad, de nubes blancas, del espíritu del vino, de los hombres de negro y los hombres negros, de la belleza de lo simple, de la belleza del detalle, del sudor de los cuerpos desnudos, del sabor de los labios de la mujer amada, del calor del Rock´n´Roll. Tan poco de todo aquello que de verdad importa.
     Y otra vez, supongo que éste es otro capítulo más de una (ya) larga lista de capítulos sin terminar (de ser lo que yo quisiera que fuesen).
     En fin; era un niño tan mono...

martes, 17 de febrero de 2015

MUNDIAL 82
     Un alto en el camino. Refugio de otro tiempo, reflejo de un pasado eterno, detenido hace más de treinta años; entonces yo era un crío acumulando malos recuerdos. No creo que fuera culpable, supongo que no lo merecía -quiero pensar que es así, que ningún crío puede ser culpable a esa edad-, pero alguna vez he dudado: ¿se puede ser inocente y aún así cumplir cruel condena?
     Hacía mucho tiempo, más de diez años, que no viajaba tan atrás; ahora soy un hombre, soy padre, y no puedo evitar sentirme responsable de la sonrisa de mi hija. Soy yo quien tiene una obligación perpetua con ella, soy yo quien ha contraído una deuda con ella. Yo te pedí que vinieses, yo supliqué por ti; y tú viniste, gracias. Gracias por traerme tu sonrisa, tu mirada..., gracias por dibujar en mi rostro un nuevo mapa para hallar la felicidad.
     A mi alrededor el eterno pasado sigue su lento y engañoso movimiento; sin duda para unos cuantos ésta es la mejor de las posibilidades. No para mí; con cierto esfuerzo me pongo de pie y me encamino hacia la puerta, me despido con un susurro, "adiós...", vuelvo a casa, vuelvo a ti.

martes, 27 de enero de 2015

GAFAS DE CRISTALES ROSA
     Oasis llevaba meses sacando videos de su '(What's the story) morning glory?' en los que Noel llevaba unas muy parecidas, así que nadie se sorprendió en el colegio cuando yo estrené aquella primavera del 96 con un par de gafas de redondos cristales rosa. "Te quedan muy bien", me decía Sarri, la amiga que me había pasado una cinta del segundo largo de los de Manchester que "seguro que te va a gustar, están en el punto perfecto entre el pop y el rock; vamos, que tanto para ti como para mí". Sarri sabía mucho de música, tocaba el teclado en un grupo de pop sesentero y disparaba unas doscientas palabras por minuto; también entendía de moda retro, por eso le gustaban mis gafas a lo Elton John.
     El caso es que aquellas gafas, que me había regalado una señora muy mayor amiga de mi abuela, me encantaban. Yo solía vestir siempre de negro o con una cazadora vaquera y un par de jeans oscuros, así que aquellas gafas suponían un punto de rotura con mi yo habitual, con el adolescente serio y distante que solía ser; se podría decir que aquellas gafas de lentes redondas de color rosa me convertían en otro tipo, uno capaz de escapar de la monotonía de mi vida a los quince, uno listo para la acción, dispuesto a sorprender a quien quisiera acercarse y esperar un rato, un loco a punto de encender un millón de bombillas sobre su cabeza..., en fin, alguien totalmente distinto de aquel que era y alguien muy parecido al tipo que he llegado a ser.
     Me encantaban aquellas gafas.

lunes, 5 de enero de 2015

LA FELICIDAD
     No, no se trata de alcanzar las sinuosas cimas del éxito y el orgullo que se elevan sobre la mediocridad, ni de conquistar los territorios vírgenes a los que tantos otros intentaron llegar sin conseguirlo antes que tú; no es cuestión de escribir 'Crimen y castigo' o de pintar 'El Guernica', no tienes que componer la 'Obertura 1812' ni dirigir 'El séptimo sello'. No, la felicidad no tiene que ver con eso, ni con casas en la costa sobre acantilados privados, coches veloces de colores chillones, orgías continuas de sexo y alcohol o aplausos y risotadas falsas y aduladoras y jovencitas pidiéndote que les firmes en su libreta de autógrafos al lado de la rúbrica de Stanley Kubrick.
     La felicidad es saborear esta galleta que tú me has enseñado a comer de nuevo, masticando con paciencia, saboreando y disfrutando incluso su ausencia entre bocado y bocado, igual que debí hacerlo hace muchos años, cuando el niño era yo. Aprender de ti, mi pequeña, la facilidad con que se puede conquistar una sonrisa si es sincera; esa es la verdadera felicidad.

jueves, 1 de enero de 2015

PROMESAS
   Promesas, todos los años comienzan igual: promesas rotas segundos después de ser formuladas, promesas ignoradas, olvidadas en el mismo momento en que son planteadas.
     No quiero mentir; ya no soy un niñato engreído, ni un jovenzuelo prepotente, sé que no soy capaz de cualquier cosa, soy consciente de mis limitaciones -aunque no de mis límites-, no voy a prometer ni jurar nada que no esté seguro de poder defender hasta la muerte, ...o incluso más allá.
     Hubo un tiempo en que me creí capaz de todo, y pasó lo que pasó. No quiero terminar este año como el anterior: asqueado, hastiado, cansado e impotente; es duro, muy duro tomar conciencia de la propia incapacidad para alcanzar determinados objetivos cuya consecución se había convertido en asunto personal. Hoy soy más sabio -también más viejo, lo que viene a darles la razón, una vez más, a mi padre y al refranero popular español-, sé que un individuo solo es capaz de encender una mecha, pero mantener el fuego vivo, guiar la llama a lo largo de la cuerda que ha de arder, es tarea de muchos corazones encendidos y muchos cerebros empeñados en darle la vuelta a la tortilla. Sí, el cambio es posible pero, seamos sinceros, sólo lo es como en aquella canción de Lennon y McCartney, 'con la ayuda de mis amigos'.
     'Ningún hombre es una isla' escribió John Donne en el siglo XVII; desde que lo leí hace algo más de diez años en el prólogo de una edición que heredé de 'Por quién doblan las campanas', la idea me ha obsesionado. Es cierto, total e indiscutiblemente; el hombre es un ser social, su disposición natural le lleva a sentirse inclinado a la idea de manada, a verse obligado al auxilio del prójimo, incluso en el caso de los más individualistas. Pensadlo con absoluta sinceridad y veréis que no os queda otra que darme la razón.
     No pienso prometer nada, pero sí que puedo permitirme esperar algunas cosas; espero, por ejemplo, aprender a ser un poquito más paciente, y humilde, reconocer los puntos sin retorno antes de cruzarlos obcecado y pedir ayuda cuando, convencido de mis motivos, me reconozca como insuficiente motor para la acción. Espero ser capaz de alcanzarme cuando, en el más dulce de mis sueños, vea que unas zapatillas blancas con suelas rojas y negras, me dejan atrás: no quiero pretender ser más de lo que realmente soy capaz de ser.