lunes, 1 de octubre de 2012


RESPONSO PARA UN VIVO
        El vino empieza a hacer su trabajo; después de un par de copas me siento ebrio, anestesiado, indolente. A través de los altavoces del giradiscos, la voz de Johnny me cuenta una historia que no me resulta desconocida.

        “Me he herido a mí mismo hoy
        para ver si aún soy capaz de sentir”.

        Sentado, con la mente en blanco y las manos al volante, conduzco por una carretera sin rumbo ni destino. Las imágenes que atesoro en mi memoria se suceden a toda velocidad, como si de fotografías colgadas en postes de luz, a ambos lados de una vía de tren por la que una locomotora sin control me lleva hacia la siguiente meta volante, se tratase. Ante ellas, me siento incapaz de pronunciar palabra; el silencio es absoluto, el vacío incontestable.

        “¿En qué me he convertido,
        mi dulce amigo?”.

        Me detengo en algún lugar de mi pasado.

        “Llevo esta corona de espinas,
        me siento en mi trono de mentiroso”.

        Poco importa si esto es una confesión o producto de mi fértil imaginación; el hecho es que estoy gritando sin abrir la boca, mientras trato de convencerme a mi mismo de que no necesito ayuda.

        “Si pudiera empezar de nuevo,
        a un millón de millas de aquí,
        …encontraría la manera”.


Dijo que volvería,
lo que quiere decir
        que se fue.

Pasaron varias noches,
y supongo
que también varios días.
Era tarde,
un lunes a las cinco y cuarenta y ocho
de una calurosa madrugada
al final del invierno, creo,
cuando se encendió,
tenue,
una luz furtiva
que atravesaba el umbral de los sueños
por un resquicio de la puerta;
finalmente volvió.

5C80001080000000008666123O19;
combinación perfecta
        frustrada.

Al parecer,
según dedujo mi enrevesada entendedora,
no todo había salido tan bien
-ni tan rápido-
como le habían asegurado, iría,
todos esos valiente a los que había preguntado.
Fue todo un año
hasta llegar al final de la nacional 634,
y por el camino
no consiguió ver ningún piano blanco,
ni negro, ni gris, la verdad,
y terminó
una tarde de septiembre,
mientras se ponía el sol,
por darse cuenta
de que unas terribles ganas de llorar
se habían instalado en lo más profundo
de su corazón.

Y lo sé, lo sé…,
lo sé;
¿lo sabes tú también?

Gélido, roto, loco, atormentado…;
son tantas las posibilidades
        de Lucifer,
y sólo una hace falta
para una mujer.
Volvió porque…,
creo que ni él ni yo lo sabemos
y creo, imagino, intuyo,
que nunca nadie lo sabrá.
Volvió y punto;
volvió
y alguien sonrió.

viernes, 28 de septiembre de 2012


GRANDES ESPERANZAS
Estimado Señor Lozano:
        Apenas han pasado unos minutos desde que he terminado, al fin, de leer las cerca de cuatrocientas páginas que componen lo que usted no ha dudado en catalogar como su gran obra maestra. Permítame que ahora sea yo quien le dirija unas palabras.
        Ante todo quiero agradecerle el interés que ha manifestado por nuestra editorial. Quisiera además, y antes de entrar en materia, recordarle que una negativa o un rechazo puntual, no es más que eso, puntual, no queriendo decir en absoluto que necesariamente uno deba plantearse hacer carrera en un ámbito distinto ya que, como usted bien sabrá, muchos han sido los escritores que a fuerza de ser rechazados en sus primeros intentos de incursionar en el mundo de la palabra escrita, consiguieron alcanzar cotas elevadísimas tanto a nivel creativo como formal por verse forzados a dar el máximo de su potencial, y no conformándose con la primera versión de un hijo superdotado traído a toda prisa a un mundo que aún no se encontraba preparado para tanta genialidad. Éste, desde luego, no es su caso.
        Su prosa, si es que puede llegar a ser así catalogada y no como una simple secuencia de palabras mal conectadas, destila lo que un crítico benévolo tildaría de instinto animal exacerbado. Un servidor, que renunció hace ya bastante a la diplomacia gratuita, se ve en la obligación de decirle, sin ningún tipo de acritud, que sencillamente apesta; lo mire por donde lo mire, su obra despide un tufo insoportable que tan sólo puedo comparar con el hedor de la diarrea de un alcohólico que lleva una semana comiendo cebollas y bebiendo licores de alta graduación.
        Sinceramente, espero que jamás tenga que verse en la tesitura en la que hoy me hallo yo; dudo que pueda hacerse una idea aproximada, ni de lejos, del dolor mental, del tremendo esfuerzo, de la ardua tarea que a mis maltrechas neuronas les ha supuesto el tener que vérselas con semejante insulto a la inteligencia humana.
        ¿En qué momento decidió consagrarse, tal y como usted mismo se expresa en la carta con que ha tenido a bien acompañar su ‘novela’, en cuerpo y alma a la creación y recreación a través de las manchas de tinta con forma reglada? Por el bien de la raza, espero que no fuese realmente gracias a su profesor de literatura de segundo de bachiller; Dios sabe que no podría soportar recibir un mamotreto al año, obra cumbre de algún coleguilla suyo con inspiración y motor primero común.
        Para terminar, y antes de despedirme, me permitiré la licencia de darle un consejo que, no por ser gratuito carece de valor; cómprese una escoba, un recogedor, un cubo, una fregona y unas cuantas bayetas y abra, a la mayor brevedad posible, una empresa de limpieza. La sociedad en su conjunto, aún en silencio, se lo agradecerá.
        Atentamente; Martín Nozala. Ediciones In-Alámbricas.

“Aunque yo mismo no lo vea, me da igual; yo contribuyo a que la evolución continúe”.
Christian Felber

lunes, 24 de septiembre de 2012


JUST LIKE HEAVEN
Y a mí que más me puede dar
si esta noche me quieres engañar;
miente todo lo que quieras
mientras permanezcas a mi lado.
Como un sueño -así será-
despertar a tu lado y verte sonreír.
“Como un sueño”, te dije,
y espero que me creyeses
como yo quiero creer en tí, porque
no hay mentira más real
que cada caricia que tus labios
le regalan con picardía a mis oídos.

sábado, 22 de septiembre de 2012


“Respecto a la fe, puedes creer o no creer; yo elijo creer”.
Javier Martín Baragaña

viernes, 21 de septiembre de 2012


Este es el día más triste del año,
el comienzo de una época realmente cruel;
Nina Simone llora aquí al lado
mientras un tipo con bata blanca
trata de hurgar en ese abismo oscuro
que son hoy las esperanzas
de esta pequeña parte de la humanidad.

Mientras el sol cae en el horizonte
el frío se apodera de los corazones y
siete billones de almas –puede que más-
aprietan los dientes sin saber,
aunque intuyendo con clarividencia,
que el contrato está a punto de expirar.

“Ámame, ámame”, implora un anciano
cantando en la oscura noche,
clavando su temblorosa mirada azul
en el centro mismo de la luna;
“no arranques mis alas, déjame volar.
Permite que me acerque a ti”.