sábado, 12 de enero de 2013


“A través de las pequeñas historias es como se comprende la Historia”.
Ryszard Kapuscinski

jueves, 10 de enero de 2013


10 DE ENERO DE 2013
        Francisco tiene, en su labio inferior, un lunar; reflejo y recuerdo del que su esposa, Mª Luisa, tenía en el mismo lugar.
        Yo me percaté de ello unos dos días antes de que ella muriese, en el Hospital Monte Naranco, después de que él le diese un beso, casi como si ella se lo hubiese ‘contagiado’, como si después de tantos años juntos, besándose, ese lunar hubiese traspasado la piel de los labios de ella, para instalarse también en los de él.
        Parece mentira, pero no fue hasta ese diciembre de 2009 cuando me fijé en tan bonito detalle.

        Mi esposa, Lei, también tiene un lunar que destaca en su cara, en la barbilla; de él, recuerdo perfectamente, me percaté enseguida; desde el primer momento en que la vi me fijé en su lunar y, tan rápido como me enamoré de ella, así me prendé de su lunar.

        A veces recuerdo el lunar compartido de Francisco y María mientras observo el de Lei. Entonces pienso que tal vez, si acerco mucho mi rostro a su lunar, si no paro de acariciarlo con mi propia cara, podría conseguir que nos pasase lo mismo a nosotros; su lunar en mi cara. Sería como tenerla, irreversiblemente, siempre conmigo, incluso cuando no estuviese a mi lado.
        El lunar de Lei en mi propia cara…, el contagio del amor.

REFLEXIONANDO A 140 KILÓMETROS POR HORA
        Quizá el deseo no sea más que un par de caramelos esperando, dentro del cenicero del coche de alguien que no fuma, el turno del siguiente, el momento de la despedida.

miércoles, 9 de enero de 2013


“Sigo ignorante menos cuando las circunstancias me ayudan: no puedo contar con las circunstancias”.
Isaac Asimov de su novela ‘ROBOTS E IMPERIO’ (1985)

martes, 8 de enero de 2013


“Hay libros que son personas y hay personas que son libros. Así de simple”.
Sara Ramón Lozano

miércoles, 2 de enero de 2013

LEER ESTÁ DE MODA


UN BUEN LUGAR DONDE SENTARSE A ESPERAR


UN TELÉFONO EN EL SUELO
‘Entonces nos vemos el miércoles, chao’. Tú te despides como siempre lo has hecho desde el día en que le conociste, el primero de clase en una calurosa jornada de mediados de septiembre; no hay nada que te haga pensar que mañana, o el miércoles en cuestión, él vaya a faltar a vuestra cita habitual. Nada os ha impedido veros cada semana durante los últimos dieciocho años, así que le das un abrazo, como tantos otros le habrás dado en todo este tiempo y, sonriendo, te giras mientras levantas el brazo izquierdo despidiéndote con tu característico estiramiento de dedos pulgar e índice.
Pasan tres días y tu teléfono suena; mañana será miércoles y no habrá café, ni charla agradable o sonrisas, tampoco algún que otro guiño de ojo precedido por un comentario agudo. Mañana no habrá cita con tu compinche de correrías inmemoriales.
La pasada noche fue la última de un conductor suicida que decidió largarse de este mundo mientras conducía borracho a toda velocidad, por la autopista, precisamente a la misma hora en que tu amigo de la infancia volvía a casa después de un día de duro trabajo, cansado, tanto como para no poder reaccionar a tiempo y esquivar el Skoda verde aguamarina que se empotró en la puerta del conductor de su coche, a ciento cuarenta kilómetros por hora.
¿Acaso alguien suele despedirse cada vez que se separa de un ser querido pensando que esa puede ser la última vez en que oiga su voz, en que su mirada se clave fijamente en él, prestando atención a cada una de sus palabras?
Al otro lado del teléfono alguien espera que digas algo; ‘¡hola!, ¿estás bien?’. Imposible responder, tu teléfono descansa sobre el mismo suelo en que no hace mucho tiempo él estuvo sentado buscando un disco de Johnny Cash entre tu colección de vinilos.