sábado, 12 de abril de 2014

29 DE NOVIEMBRE DE 2001 (adiós George)
     El día que George Harrison murió, algo que aún hoy no tengo muy claro cómo definir, nació o se activó en mi interior.
     Lo cierto es que no recuerdo la fecha en que el 'beatle' con más 'buen rollo' pasó a mejor vida; por aquel entonces, y pese a estar relativamente familiarizado con la obra del bueno de George, no se puede decir que me emocionase especialmente oyendo ninguna de sus canciones.
     Aquel día, a la caída del sol, me dirigí al bar de copas que mi amigo Mike regentaba por aquel entonces en el casco antiguo. Mike adoraba a George Harrison. la noticia de su fallecimiento había sido un buen palo para él; en un rincón de la barra había instalado un bonito cuaderno a modo de libro de condolencias para que todo aquel que lo desease pudiera expresar sus sentimientos al respecto. No recuerdo qué escribí yo, aunque sí que recuerdo que esa noche bebí a la salud del de Liverpool mano a mano con Mike; también recuerdo que por primera vez en mi vida oí un tema de George Harrison de una forma diferente. Algo comenzaba a moverse dentro de mí; Mike, con los ojos lacrimosos, subía el volumen y bajaba la luz, a través de los altavoces sonaba 'While my guitar gently weeps'.
"Todos somos una página de un libro, pero de un libro que nadie ha escrito nunca y que en vano buscamos en las estanterías de nuestra mente".
Alessandro Baricco de su obra 'MR GWYN' (2011)
Quiero fundirme contigo,
agarrarte, estrechar a nuestra niña
en un interminable abrazo,
'while my guitar gently weeps',
hasta que penetréis en mí,
cuando discurráis por mis venas y
seáis parte de mi misma sangre.
DESPEDIDAS PREVIAS A LA ALTA VELOCIDAD
     Nunca antes me había alegrado tanto de la semi-opacidad de los cristales de los ventanales de los trenes. Mientras mi hija y mi esposa se alejaban en la distancia, apenas podían intuir mi silueta; la oscuridad las protegía del brillo de las lágrimas que recorrían mi cara.
MENUDA MIERDA
     Hay en la acera, delante de mi portal, una mierda emérita y vetusta que, a juzgar por su aspecto y dimensiones, debe de ser de un tiranosaurio -eso o de algún otro tipo de carnívoro de gran envergadura-.
     Se trata de una mierda emérita, digo yo, precisamente por ser vetusta. Lleva ahí plantada cinco días; eso, en mi opinión, es más que suficiente para considerar vetusta a una mierda. El hecho de que el Ayuntamiento de Oviedo, tan excelentísimo él, haga caso omiso de los distintos avisos que, me consta, le han llegado acerca de la situación de la mierda en cuestión, y no dé orden inmediata a ningún barrendero de que proceda a retirarla -es más, sospecho que han sido, todos ellos, exhortados a velar por su conservación e integridad-, me lleva a pensar, el mimo con que es cuidada por la administración local, que se trata de una mierda emérita que ha debido de ganarse, vete tú a saber cómo, el derecho a estar ahí plantada le pese a quien le pese, a pesar de que a mí y a mis veintisiete vecinos nos obligue a dar un saltito cada vez que queremos entrar o salir de nuestro inmueble.

martes, 8 de abril de 2014

"Empezó a escribir mentalmente, mientras caminaba. o echado en la cama, con la luz apagada, esperando la llegada del sueño. Elegía palabras, construía frases. Era algo físico. Le gustaba".
Alessandro Baricco de su obra 'MR GWYN' (2011)

lunes, 7 de abril de 2014

     No me percaté de nada hasta un buen rato después, cuando estaba volviendo a casa.
     Había salido a correr, como cada sábado por la mañana, antes de que la ciudad comience a respirar, a moverse, a vivir. Como de costumbre, mis pies se dirigieron a la carretera que rodea la colina que protege mi ciudad de la invasión de feroces enemigos imaginarios; normalmente, cuando sigo esta ruta, suelo emocionarme y correr con más intensidad, más rápido, más vivo, así que me abandoné a mi pasión y me entregué en cuerpo y alma al placer de la carrera: sentir el frío viento golpeando contra mis sudorosas sienes, calambres en los tensísimos músculos de las piernas y los acelerados latidos de un corazón bombeando a toda velocidad, llevando oxígeno a cada rincón de mi divino cuerpo hecho a imagen y semejanza del Suyo. El tiempo pasa rápido cuando uno corre, cuando disfruta del propio tiempo de esta forma.
     Recorría los últimos trescientos metros de vuelta a casa cuando el tumulto llamó mi atención; varias personas apretujadas, junto a un paso de peatones, una ambulancia con sus luces parpadeando, un perro ladrando y un par de críos chillando. Me abrí paso como pude entre toda aquella gente a fin de ver qué pasaba; de repente me encontré con su mirada, tan parecida a aquella que solía saludarme en el espejo cada mañana, vacía ahora, inerte, enmarcada en un rostro que parecía flotar sobre un charco de sangre. Parecía que ya, ni su cuerpo era parte de este mundo. Ahí estaba yo, su alma, su espíritu, que tantas veces había intentado escapar de su cuerpo, de él mismo, corriendo tan rápido que sus piernas de carne y hueso no me podían seguir; ahora le contemplaba, es decir, me contemplaba, aunque aquello ya no era yo, sino los restos de mis limitaciones de antaño, un saco pesado que al fin, aquella mañana, había conseguido dejar atrás.