Mientras vosotros dormíais, ayer, antes de
que el sol despertase, yo salí a pasear; subí por la vieja carretera que sale
de mi ciudad, en dirección al valle vecino, pasando antes por un pequeño alto
desde el que es posible, en los días despejados en que la niebla no se ha
instalado ahí abajo, en la ciudad, ver todas las lucecitas que se encienden y
apagan en los edificios, cuando alguien se levanta en mitad de la noche para ir
a la cocina a buscar un vaso de agua, o al cuarto de baño a orinar. Cuando
llegué a lo alto de aquella subida, justo antes de doblar la última curva, me
giré y le eché un vistazo a mi ciudad; abajo -pensé- dormís todos vosotros,
mientras yo estoy aquí, a punto de ver nacer otro día. Después me volví, avancé
unos metros más y, al fin, pude ver con claridad ese otro valle, mucho más
grande, que se extiende a las espaldas de mi ignorante hogar; al fondo, lejos,
más allá de verdes prados y diminutas casas de campo, ríos y caminos
empedrados, se alzaban las majestuosas montañas que durante siglos habían
protegido a mis ancestros de los ataques invasores y que, con el tiempo,
terminaron por aislarnos del resto del mundo. Estaban completamente cubiertas
por una compacta masa blanca, nieve de febrero. Al cabo de unos instantes un
leve fulgor comenzó a asomar por detrás de estas montañas; en un rato -me dije-
el sol volverá a nacer, ya casi puedo sentir su caricia en mi rostro, ya casi
está aquí. Dos o tres minutos más tarde, el gigante astro al que los egipcios adoraron
hizo acto de presencia; yo sonreí.
domingo, 27 de abril de 2014
viernes, 25 de abril de 2014
miércoles, 23 de abril de 2014
A TRAVÉS DE UNA SONRISA
A veces la vida te regala certezas
absolutamente maravillosas, verdades cuyo conocimiento trae consigo algo
parecido a la ataraxia de la que hablaban los griegos de antaño.
Hoy, por ejemplo, me ha sido revelada una
de esas certezas al contemplar la cara sonriente de mi hija que, por el simple
hecho de verme aparecer, se ha alegrado y comenzado a 'hablar' y cantar. Hoy sé
que no hace falta que haga algo especial, ninguna proeza, para que ella me quiera
o se sienta orgullosa de mí; mi hija me quiere, sencillamente, como acto
reflejo por el hecho de ser su padre y, en el futuro, se sentirá orgullosa de
mí, no por los logros y las conquistas, no por lo que yo pueda hacer, sino por
no haber hecho ciertas cosas. Hoy sé que, de la misma forma que ella siempre me
tendrá a mí, yo siempre la tendré a ella.
domingo, 20 de abril de 2014
PARADOJA # 537
Cuba es un país culto, instruido como pocos, y a pesar
de ello, tutelado por una casta de hipócritas que pretenden que sus leídos
ciudadanos sean imbéciles o, aún mejor, retrasados.
* *
*
E.T., que no es extraterrestre, si no
cubano de nacimiento y español de adopción desde hace unos años, estudió
arquitectura en La Habana; se graduó con las mejores notas de su promoción y se
negó a prometerle eterna fidelidad al Partido. A ver si va a ser..., no nos
equivoquemos, tampoco juró intentar destruirlo o traicionarlo o plantarle cara
o... No, sencillamente dijo que con él no iban las cuestiones políticas. Y ahí
se acabó su carrera como arquitecto en Cuba, antes incluso de empezar, y
comenzó la de estibador en el puerto.
Poco más hay que contar de la vida de E.T.
hasta hace siete años, cuando descubrió que tenía familia en Zamora y que
estaban deseando conocerle. Pidió permiso al Partido, que le fue concedido de
no muy buena gana, preparó una pequeña maleta y compró un billete de ida y
vuelta con los ahorros de toda su vida y parte de los de sus familiares. Tan
pronto como el vuelo A384 de Iberia tomó tierra, E.T. rompió el resguardo de
vuelta. El resto ya lo podemos imaginar.
Hoy E.T. acaba de firmar un contrato por el
que se encargará del diseño de la nueva sede de alguna empresa internacional;
al parecer E.T. ha resultado ser un genial arquitecto y, en la actualidad, todo
el mundo quiere tener uno de sus diseños. Desde La Habana alguien lleva
llamando todo el mes a su estudio para encargarle no sé qué altar en homenaje a
no sé quién del Partido. "Diles que he salido -contesta siempre E.T.
cuando su secretaría le pregunta qué debe hacer-; que he salido y no pienso
volver".
jueves, 17 de abril de 2014
RECONSIDERACIONES ¿A TIEMPO?
Fedor A. Orwell era la biblioteca humana de
la editorial 'Franz Simenon y Asociados'; su cometido era el de leer y recordar
cualquier obra escrita. No era casualidad que la editorial 'Franz Simenon y
Asociados' tuviese un nombre que evocase, más que a una editorial, a un
despacho de abogados; en 'Franz Simenon y Asociados' podían presumir de hacer
bien las cosas, en ciento quince años de historia, jamás había sido acusado de
plagio ni uno solo de los libros por la editorial 'Franz Simenon y Asociados'
publicados. Ni uno solo, lo que quiere decir que Fedor A. Orwell, así como sus
antecesores, hacían muy bien su trabajo.
-En fin, Fedor, qué quieres que te diga
-soltó Emmanuel Paul, uno de los escritores más alabado de la editorial 'Franz
Simenon y Asociados'-; lo cierto es que apenas queda nada por descubrir.
-Eso no es cierto Emm; la sensación de que
todo está hecho acompaña al hombre desde hace siglos y no por ello hemos dejado
de sorprendernos de cuando en cuando al comprobar que no era así -replicó cortésmente
Fedor A. Orwell-.
-Está bien, eso no te lo negaré, pero ¿no
son todas y cada una de esas novelas que con tanto ahínco lees, repeticiones de
extractos de otras que son tan viejas que ya nadie las recuerda?
-Con esto das a entender que tú mismo has
hecho eso alguna vez, mi querido Emm.
-Alguna no, Fedor, ¡todas! No paro de
repetir y repetirme; de hecho, amigo mío, deja que te diga que esta misma
conversación ha sido sostenida alrededor de tres millones de veces antes de hoy
por unos cuantos miles de hombres, algunos incluso lo han hecho varias veces.
Fedor A. Orwell permaneció en silencio un
rato, igual que Emmanuel Paul, después reanudaron la conversación, aunque no
donde lo habían dejado.
Tres días más tarde Fedor A. Orwell se
encaminó, por primera vez en los veintisiete años que llevaba trabajando en la editorial
'Franz Simenon y Asociados', hacia el despacho de su superior por iniciativa
propia, sin haber sido previamente solicitados sus servicios. Abrió la puerta,
comprobó que nadie se hallaba dentro, se acercó al escritorio de Edmund Wise,
el editor jefe de la editorial 'Franz Simenon y Asociados', y, tras buscar y
encontrar en el bolsillo interior de su chaqueta, dejó un sobre cerrado con una
larguísima carta de dimisión dentro, encima de la mesa. Fedor A. Orwell, con
los ojos húmedos, acababa de comenzar una nueva vida.
lunes, 14 de abril de 2014
Hoy he ido al cementerio, a visitar los
restos de mis abuelos. Al llegar he puesto la radio a toda pastilla, sonaba
'Temporary people'; he sacado mi armónica y me he puesto a tocarla como si la
vida me fuese en ello, como un loco poseído, hasta que he sentido que los
labios estaban a punto de reventarme. Cuando la música ha terminado me he
encontrado con un par de manchas de sangre procedentes de mis encías; no han
podido seguirme el ritmo. Después he presentado mis respetos y he seguido mi
camino; en mi boca aún se podía percibir el sabor de la sangre. A veces, nada
es tan importante como parece.
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