jueves, 22 de enero de 2015

"El día avanza desde el primero de sus minutos aunque yo no sea consciente de ello hasta que abro los ojos".
Israel Lozano

viernes, 16 de enero de 2015

"Me preguntas: ¿qué es la vida? Es como si me preguntaras: ¿qué es una zanahoria? Una zanahoria es una zanahoria, y no sé mucho más".
Antón Chéjov en una carta a su esposa (1904)

miércoles, 14 de enero de 2015

ACERCÁNDOSE AL LÍMITE
     Sucesión ininterrumpida de días fríos, días acalorado, noches extenuado y amaneceres apesadumbrado; a veces llegas a confundir los días de la semana, las horas... incluso dudas si el último corte que te has hecho en la palma de la mano sangra de verdad o, sencillamente, has terminado por volverte loco del todo y la sangre que brota de la herida es sólo un espejismo. Uno termina odiando su trabajo, escupiendo sobre la actividad que le provee de alimento y que un día no muy lejano -aunque ahora parezca una eternidad atrás- le dispensó más de una sonrisa. Te duelen las manos, los pies, la cabeza, y empiezan a asquearte todas las personas que has conocido gracias a tu actividad laboral, lo que puede ser bastante peligroso, pues hay quien comparte trabajo con su padre o su esposa -a quien también puede haber conocido en el transcurso de una jornada de trabajo, quizá despachándole o vendiéndole algo-; de hecho, hay personas que sólo se relacionan con gente que tiene algo que ver con su trabajo. Entonces uno comienza a comprender a los suicidas, a los homicidas y a los apátridas. A los primeros porque siempre es preferible liquidarte a ti mismo y, de paso, descansar; a los segundos por el hartazgo y el hastío, y puede que por enajenación mental transitoria también; a los últimos por la necesidad de escapar muy, muy lejos, y no sentir la tentación de mirar hacia atrás.

domingo, 11 de enero de 2015

LECCIONES DE OPTIMISMO (#1)
     Si cuando montes un circo te crecen los enanos, no lo dudes, anúncialo como 'el circo con los enanos más grandes del mundo'.

viernes, 9 de enero de 2015

GALORE
     Pocas experiencias dejan una impronta tan perenne como aquellas que nos descubrieron en nuestra primera juventud, dispuestos para la sorpresa, con la grabadora interna lista para ponerse en marcha. Algunos de esos episodios vitales van marcados por la banda sonora que los acompaña.
     Oír a los británicos The Cure es volver a 1999, al Xalabam, a una larguísima noche que podía llegar a durar varios días, es ver bailar a un cantante amanerado que me guiña un ojo, es conversar con una muchacha que, desinhibida por un sueño etílico, me invita a su alcoba, es saltar junto a un par de locos y besar a una princesa que aún no sabe que lo es.
     Tan lejanos parecen aquellos días en que las fuerzas no flaqueaban aunque nunca hubiese mucha comida y sí demasiado vicio. Había una muchacha, Verónica, que iba para psicóloga, y otra, Paula, a la que le gustaba bailar con mi amigo Manu, del que estaba medio enamorada. Solíamos tomarnos una cerveza con ellas todo los viernes por la noche, mientras oíamos 'Boys don't cry'. Después yo entraba dentro de la barra y me ponía a los mandos del aparato de audio; pinchaba un montón de canciones de aquel disco, 'Galore', en el que los de Robert Smith repasaban algunos de sus más memorables singles. Nos pasábamos allí toda la noche, cuando salíamos a la calle el sol ya estaba en todo lo alto, era domingo o lunes, o puede que viernes otra vez, y todo lo que queríamos hacer era buscar un banco bajo un árbol en el que sentarnos a pensar en aquellas chicas que nos gustaban pero a las que no querríamos jamás, haciendo tiempo hasta que volviese a oscurecer, mientras en muestras cabezas, en perfecta sincronización, continuaban sonando las melodías de los Cure, poniéndole banda sonora a todo un año, o dos, o tres, de nuestras vidas.

lunes, 5 de enero de 2015

LA FELICIDAD
     No, no se trata de alcanzar las sinuosas cimas del éxito y el orgullo que se elevan sobre la mediocridad, ni de conquistar los territorios vírgenes a los que tantos otros intentaron llegar sin conseguirlo antes que tú; no es cuestión de escribir 'Crimen y castigo' o de pintar 'El Guernica', no tienes que componer la 'Obertura 1812' ni dirigir 'El séptimo sello'. No, la felicidad no tiene que ver con eso, ni con casas en la costa sobre acantilados privados, coches veloces de colores chillones, orgías continuas de sexo y alcohol o aplausos y risotadas falsas y aduladoras y jovencitas pidiéndote que les firmes en su libreta de autógrafos al lado de la rúbrica de Stanley Kubrick.
     La felicidad es saborear esta galleta que tú me has enseñado a comer de nuevo, masticando con paciencia, saboreando y disfrutando incluso su ausencia entre bocado y bocado, igual que debí hacerlo hace muchos años, cuando el niño era yo. Aprender de ti, mi pequeña, la facilidad con que se puede conquistar una sonrisa si es sincera; esa es la verdadera felicidad.

jueves, 1 de enero de 2015

PROMESAS
   Promesas, todos los años comienzan igual: promesas rotas segundos después de ser formuladas, promesas ignoradas, olvidadas en el mismo momento en que son planteadas.
     No quiero mentir; ya no soy un niñato engreído, ni un jovenzuelo prepotente, sé que no soy capaz de cualquier cosa, soy consciente de mis limitaciones -aunque no de mis límites-, no voy a prometer ni jurar nada que no esté seguro de poder defender hasta la muerte, ...o incluso más allá.
     Hubo un tiempo en que me creí capaz de todo, y pasó lo que pasó. No quiero terminar este año como el anterior: asqueado, hastiado, cansado e impotente; es duro, muy duro tomar conciencia de la propia incapacidad para alcanzar determinados objetivos cuya consecución se había convertido en asunto personal. Hoy soy más sabio -también más viejo, lo que viene a darles la razón, una vez más, a mi padre y al refranero popular español-, sé que un individuo solo es capaz de encender una mecha, pero mantener el fuego vivo, guiar la llama a lo largo de la cuerda que ha de arder, es tarea de muchos corazones encendidos y muchos cerebros empeñados en darle la vuelta a la tortilla. Sí, el cambio es posible pero, seamos sinceros, sólo lo es como en aquella canción de Lennon y McCartney, 'con la ayuda de mis amigos'.
     'Ningún hombre es una isla' escribió John Donne en el siglo XVII; desde que lo leí hace algo más de diez años en el prólogo de una edición que heredé de 'Por quién doblan las campanas', la idea me ha obsesionado. Es cierto, total e indiscutiblemente; el hombre es un ser social, su disposición natural le lleva a sentirse inclinado a la idea de manada, a verse obligado al auxilio del prójimo, incluso en el caso de los más individualistas. Pensadlo con absoluta sinceridad y veréis que no os queda otra que darme la razón.
     No pienso prometer nada, pero sí que puedo permitirme esperar algunas cosas; espero, por ejemplo, aprender a ser un poquito más paciente, y humilde, reconocer los puntos sin retorno antes de cruzarlos obcecado y pedir ayuda cuando, convencido de mis motivos, me reconozca como insuficiente motor para la acción. Espero ser capaz de alcanzarme cuando, en el más dulce de mis sueños, vea que unas zapatillas blancas con suelas rojas y negras, me dejan atrás: no quiero pretender ser más de lo que realmente soy capaz de ser.