domingo, 5 de abril de 2015

EL ENCUENTRO (#2)
     Y qué más dará el nombre de la ciudad; pudo ser en Granada, en Poitiers o en Arcadia, en Londres, Tulsa... no es eso lo que realmente importa. Qué entonces; el... calor, el recuerdo del mismo y el calor que el propio recuerdo del primero desata. Qué es la memoria al fin y al cabo, poco más que un reflejo de algo que nunca fue exactamente como parece ser.
     Palabras: adjetivos, nombres... colección de atributos innecesarios; sólo el sudor parece importante.
     Ella estaba desnuda, sonreía; él, parado frente a ella, muy estirado, muy asustado, lloraba. La escena era ridícula, ella sobre la cama y él en calzoncillos gimoteando; y a la vez todo era tan hermoso... Su cuerpo -el de ella- esperando al de él, su última decisión, su salto definitivo, su arranque de valor final, un poco de caridad.
     Nada importaba cómo habían llegado hasta allí, qué pasos fueron dados en la prehistoria personal de ambos para terminar en aquella habitación de hostal a las cuatro de la madrugada, nerviosos, ansiosos, excitados y asustados. Los años no habían pasado en vano; tres, diez, quince... dos mil, qué más da. El sol comenzaba a asomar, otra vez, en el horizonte lejano; el encuentro se había consumado, y ninguno de los dos podría ya olvidarlo jamás.

viernes, 3 de abril de 2015

     Llamando al espacio exterior; a un punto indeterminado, desconocido, ignorado -da igual- del todo absoluto que nos rodea: ¿hay alguien ahí?
***
     Ryan nació con 'el don'; no hubo culpa ni mérito alguno que atribuirle a nadie, ningún antecedente familiar podría haberlo vaticinado. Con once años, después de escribir una larguísima carta que con el tiempo se convirtió en un breve relato por el que cierta editorial llegó a cobrar veintitrés euros por ejemplar, se tomó su primera cerveza y, acto seguido, se cortó las venas. Entre las setecientas veinticuatro líneas que componían su última misiva -que también era la primera-, destacaba una: "mis ojos se han saturado con toda esta luz; es tanta y tan poderosa que no soy capaz de cerrarlos, tendré que encontrar otra forma de volver a la paz de la oscuridad".
     No tuvo suerte, erró en sus cálculos y su primer intento de suicidio se quedó en eso, intento, y nada más. Hubo otros, tres, antes de que un cáncer de páncreas se lo llevase en pocos meses a esa oscuridad que tanto añoraba.
     Durante los treinta y cinco años que 'aguantó' con vida, escribió cuatro novelas, un poemario y varios cientos de artículos y relatos. Jamás llegó a ver nada de todo ello publicado; fue Jean-Philippe , esposo de su hermana y editor, quien sacó a la luz toda su obra en los años posteriores a su fallecimiento. En total, los ingresos generados por las ventas del fruto de toda una vida dedicada a la escritura, ascendieron a la nada insignificante suma de cuatro millones de euros -céntimo arriba, céntimo abajo-. Ryan, curiosamente, generó una fortuna de la que nunca disfrutó; murió solo, en una buhardilla mohosa llena de libros y trastos viejos, como un hombre abandonado... Abandonado por todos -conocidos y extrañso-. Abandonado por la sociedad. Abandonado por sí mismo. Abandonado por Dios. Aún más curiosas, no obstante, fueron las palabras que escogió para poner punto y final al último de sus escritos, una reflexión acerca de la teoría de los universos múltiples y del 'eterno retorno', que concluyó con un contundente "no os preocupéis, no hay nada que agradecer".

lunes, 30 de marzo de 2015

     Primer acorde de guitarra y el semáforo empieza a dudar; justo cuando la batería decide entrar en la habitación, el verde nos da la bienvenida. Durante los próximos tres segundos el Blues subirá poco a poco de revoluciones... A veces la vida se pone de acuerdo con la música, y eso resulta simplemente maravilloso.

jueves, 26 de marzo de 2015

"No hay nada más vano que intentar ser alguien distinto al que soy por naturaleza".
Piotr Ilich Tchaikovsky en una carta a su hermano Anatoli (1878)

lunes, 23 de marzo de 2015

     No, no todo puede valer -ya ves, también en esto estoy de acuerdo contigo-, pero, siendo sinceros, a quién le importan realmente todas las explosiones que amenazan con derrumbar nuestro pequeño paraíso particular; no creo que haya más de dos personas en el mundo con derecho a opinar sobre esto, y una de ellas soy yo.

miércoles, 18 de marzo de 2015

FIN
¿Quién eres tú?
Y yo... quién soy yo;
completos desconocidos
buscando algo mejor,
quizá alguna esperanza
o una última oportunidad,
el reducto definitivo
en el que sentarme a esperar
hasta que terminen sangrando
estas torpes manos mías.
Y después...
-después de tú y yo,
de gobierno y obligación,
de testamento y testaferro,
de martillo y billetera-
... derramarme,
ver cómo mi cara se encoge
hasta borrar el rostro
que de mí la gente conoce;
eso es todo lo que anhelo:
desaparecer.  

sábado, 14 de marzo de 2015

ABDICANDO DE... LA VIDA
-Sólo dices chorradas -y su voz se quedó retumbando ahí arriba, en esa buhardilla destartalada llena de neuronas hiperactivas-; ¿me has oído? Nada más que chorradas.
     Se repuso.
-Exactamente... a qué te refieres.
     Exasperante; a veces Samsa era, sencillamente, exasperante. De una forma desafiante, exasperante hasta la incitación a la violencia. Pero Sara ya le conocía, nada le haría dejar de ser un témpano de hielo; el autocontrol era su filosofía, la abnegación su credo.
-Esa estupidez acerca de la abdicación que llevas pregonando toda la semana, un buen ejemplo, sí; ¿no te cansas de soltar chorradas de ese tipo todo el día?
-La abdicación -ensimismado, sotto voce, alejado-.
-Sí Samsa, la ab-di-ca-ción -sin ira, pero con claro hartazgo-.
     Tres, dos, uno... acelerador a fondo.
-La abdicación me corroe por dentro, me impide dormir por las noches; la abdicación de los códigos morales de conducta, la abdicación de la ética, la abdicación de la voluntad, la abdicación de la ilusión..., de la esperanza, la abdicación de la sonrisa, la abdicación del espíritu combativo, la abdicación del deber, la abdicación de la poesía, la abdicación de las matemáticas, la física y la biología, la abdicación de la vida.
     Silencio; Sara callada al fin, con los ojos bien abiertos y dispuesta a seguir escuchando. Samsa continúa sin percatarse de que lo que está haciendo, realmente, es desenvolver un regalo inesperado.
-Debería darle la razón a todos aquellos que se refugian en el discurso derrotista-conformista y mandarlo todo a la mierda (yo mismo incluido); debería darle la razón a Franz, reconocer que todo está perdido y que yo solo no puedo cambiar nada, que no voy a salvar a nadie, que soy incapaz incluso de salvarme a mí mismo. Debería asumir mi derrota, ser consecuente, y rendirme a mi cansancio, a este hastío atroz ante la obligación de seguir vivo, de continuar aunque no valga para nada. Debería ser razonable, claudicar, aceptar la realidad. Debería sentarme a esperar la muerte, o incluso correr a su encuentro: escribir mis últimas palabras en este cuaderno y no volver a abrir la boca nunca más.