sábado, 30 de enero de 2016
jueves, 28 de enero de 2016
Hoy, finalmente, ha comenzado de forma
rotunda, incontestable, esa época del año, de la vida incluso, tan propicia a
la depresión. La sensación de derrota, de debacle e irreversibilidad, lo
impregna todo con su plomizo manto gris; resulta difícil tarea sobreponerse y
sonreírle a los niños que, con las manos abiertas y las palmas hacia arriba, te
preguntan qué está pasando, cuál es el motivo de que a todos los adultos les
cueste tanto mirar hacia el cielo sin llorar, sin perder la compostura y
echarse a temblar.
sábado, 23 de enero de 2016
HISTORIA DE UN ARTÍCULO PENDIENTE DE SER
ESCRITO
Quién lo hubiera dicho: a Jacobus Stolz
terminaron por acabársele las ideas. Llamado a escribir la última gran novela
prusa -todo el mundo así lo creía-, o la primera gran novela del siglo XXI,
aquella por la que sería recordado infinidad de milenios después de su paso a
mejor vida; el no tan joven Stolz, después de un par de novelas que podrían ser
consideradas de fracaso total tras verse relegadas al papel de la obra de culto
para una minoría a la que la misma resultaba inaccesible, y varios cientos de
artículos firmados con nombres falsos y seudónimos como colaborador en
publicaciones de cierta relevancia en la opinión popular internacional, se veía
abocado al desierto dado que llevaba la friolera de veintisiete días (¡¡27!!)
sin escribir palabra. Todo esto tenía lugar coincidiendo con el primer encargo
que Jacobus tenía por parte de una editorial seria para publicar algo con su
propio nombre; la sensación de fracaso era total: devastadora, asesina,
demencial, aplastante.
¿Qué podía hacer? El trece de agosto de ese
mismo año -quince días después de que el plazo de la editorial cumpliese-
ingresó voluntariamente en el hospital psiquiátrico comarcal. Allí permaneció
durante unos cuatro meses, tiempo que empleó, entre otras cosas, en redactar y
revisar las páginas que componen el trabajo cuya presentación nos ocupa hoy. Y,
como dijera Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer.
jueves, 21 de enero de 2016
EL REFUGIO INTERIOR
(SOLILOQUIO DE UN HOMBRE DESESPERADO)
-Usted,
señor, está tan desesperado como para aceptar cualquier trato; incluso este que
acabo de proponerle.
No hay literatura posible.
-Sí,
pero... -intento en vano-.
-No,
querido mío, no hay 'pero' que valga; hágase a la idea de
que las cosas -ningún tipo de literatura posible- están como están. Acéptelo.
-Sí...,
entiendo, entiendo; lo... acepto.
No hay literatura, ningún tipo de
literatura, posible aquí.
-En
tal caso, pobre idiota, acérquese un poco a la ventana. Sí, así está muy bien,
será suficiente; ya sabe lo que viene ahora, ¿verdad? -No aquí-. Adiós.
Keep me away from myself,
mantenme
a salvo,
aléjame
de mi cabeza,
mantenme
a distancia
de
esta perturbadora presencia;
keep me away,
aquí mismo, from myself.
Keep
me safe,
te
estaré esperando;
mientras
que un lucero encendido
en
esta noche interna musita:
I´ll be waiting for you.
No
puedo prometer tiempo,
pero
esperaré
aquí
mismo, waiting for you
to come and keep me away,
to come and keep me safe.
lunes, 18 de enero de 2016
lunes, 11 de enero de 2016
GOODBYE DAVID
Hay quien nace... incapaz para cierto tipo
de relaciones humanas.
Comienzo a escribir estas líneas sentado en
un rincón de una gran cafetería cuando, desde el extremo opuesto, la televisión
me informa de que David Bowie, quien fuera número uno en las listas británicas
el día en que yo nací, ha fallecido a los sesenta y nueve años. Cáncer. Con
todo lo que el tío debió de meterse durante... veinte o treinta años. Cáncer.
Dieciocho meses luchando contra él; o con él, codo con codo: muy Bowie, muy Ziggy.
Yo iba a escribir -así había comenzado, de
hecho- acerca de la labilidad emocional y sus parientes más próximos: egoísmo e
incapacidad emotiva. El caso es que Bowie ha muerto y me he quedado parado
pensando y recordando, así que el tiempo ha transcurrido sin mí y ahora
encuentro que mi descanso de café y cuaderno tiene que acabar; porque debo
volver al trabajo. Adiós a mi ensayo acerca de los témpanos humanos. Maldigo el
trabajo, maldigo el cáncer, maldigo al mismo Bowie y me maldigo a mi mismo;
porque, en el fondo, todos somos igual de culpables en esto de descuidar el
futuro de la Humanidad.
David Robert Jones se va dos días después de
lanzar al mercado 'Blackstar', un último trabajo arriesgado y estudiado -que
habrá que estudiar con mimo y esmero-, milimétricamente calculado, como sólo el
Duque Blanco sabía hacerlo: su carta de despedida o testamento y última
voluntad musical o un guiño más para dejar claro qué era lo que recorría la
avenidas neuronales de este genio británico. Un broche final de lujo para el único grande que se ha ido con un gran final.
Esta noche, supongo, me tomaré un trago a
la salud del bueno de David mientras observo como mi hija baila al ritmo del 'Life
on Mars' o del 'Rock and Roll suicide'. Fin de otro día más, otra vez. Adiós
David, buenas noches.
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