ESCRIBÍA HASTA EN LA SOPA
sábado, 20 de febrero de 2016
viernes, 19 de febrero de 2016
lunes, 15 de febrero de 2016
domingo, 14 de febrero de 2016
Vivir
como viven: las personas,
esa
otra gente tan normal
que
en nada se parece
ni
a ti muchos días,
ni
a mí ninguna noche.
Vivir
a crédito,
a
todo trapo,
a
toda vela:
coches,
máquinas, ácidos,
áticos...
queso curado y
un
buen vino tinto
mientras
la cabeza coge polvo
sucio
y blanco.
Y
hablas de la pureza;
el
llanto de un niño,
la
sonrisa de una niña,
nada
que ver
con
un estúpido armado,
bolígrafo
en mano, listo
para
alguna clase de acción.
Escribir
a trompicones:
cabezadas,
madrugones y
demasiada
cafeína circulando
dentro de las venas,
así
que te alteras y yo,
que
soy como soy,
mientras
tanto, sonrío
dejando
ver entre los labios
gruesos
y sucios,
la
oscuridad eterna
del
pozo sin fondo conocido.
Pero
no dejes, nunca,
bajo
ningún concepto, so pena capital,
que
nadie imite esta locura;
todos
vosotros tenéis derecho
a
la sonrisa más pura.
Podrá
un día no haber poetas
y
entonces,
¿quién
sabrá ver la poesía?
miércoles, 10 de febrero de 2016
Una caja, negra, brillante; una caja de...
no, más bien un cajón: cuarenta centímetros de largo por treinta de ancho y
otros treinta de alto. Algo así como una impresora de las de antes, un
armatoste en toda regla; de madera, no cartón: robustez efímera, transigente
con la insistencia. La pintura es de un tono tan negro y brillante que no
acepta adjetivo; no es noche de luna nueva ni azabache, no es petróleo o
muerte, ni futuro incierto ni pasado borrado. Sencillamente es negra, tanto que
nadie puede ver que es de madera; sólo si alguien se atreviese a tocarla, a
acariciar su superficie y recorrer sus imperfecciones y astillas, podría
identificar el material del que está hecha. Pero para eso alguien, ese alguien
en el que tú y yo estamos pensando en este momento, debería atreverse a estirar
el brazo y extender su mano sobre ella; y eso, ambos lo sabemos, no va a pasar.
¿Por qué? Porque todo el mundo tiene miedo; hay quien teme la oscuridad, la
noche perpetua, hay quien teme la llegada de la luz al final del túnel o al
comienzo de la jornada. Por encima de todo, las personas, tú y yo y esa persona
en la que ambos estamos pensando, temen, tememos que los demás sepan de aquello
que nos aterra. Y esa caja negra, llena de posibilidades terroríficas, podría
encerrar, precisamente, aquello que más teme la persona que tenemos en mente; y
eso resulta francamente difícil de gestionar: cómo...
sábado, 6 de febrero de 2016
HOME SWEET HOME
Acababa de coronar por primera vez el Monte
Naranco, ese con el que he crecido al lado toda la vida, con sus árboles y sus
casitas y sus vacas y ovejas y caballos y gatos locos y perros tranquilos, con
sus praderas y sus monumentos prerrománicos, con sus miradores, sus asadores y
sus flores, y muy especialmente, con su Cristo.
Para el común de los corredores ovetenses
esto es algo habitual, una tradición con la que uno cumple al menos un par de
veces al año, quizá al mes; hay quien incluso lo hace todos los fines de
semana. Para mí, en cambio, esto era un reto, todo un reto. Cuando comencé a
correr, hace unos diez años, yo ya había alcanzado los veinticinco, edad a la
que uno, se supone, está al máximo de su potencial físico; a partir de ese
momento, por mucho que uno se esfuerce, sus capacidades van a menos: podemos
mejorar, pero nunca sabremos de lo que habríamos sido capaces de haber empezado
un poquito antes. El caso es que yo jamás he tenido aptitudes reales para la
práctica de ningún deporte; siempre digo que, cuando corro, hay muchas
posibilidades de que más de una de las personas que se cruzan conmigo piense
que debería llamar al 112 y darles mi posición, por lo que pueda pasar. Si a
esto le añadimos que hace cinco años aproximadamente, varios traumatólogos me
exhortaron a que abandonase mi empeño en continuar corriendo, so pena de
destrozarme definitivamente las rótulas y las caderas e instalarme para siempre
en el reino de las lumbalgias, podemos entonces comprender por qué alcanzar el
punto más elevado de este símbolo de mi ciudad era, más que una obligación, un
objetivo.
En fin, lo conseguí; atrás quedaban cinco
años de empeño y dolor, algún que otro intento fallido y abortado por culpa de
una vomitona madrugadora o un calambre fatídico. Llegué arriba, con mis piernas
torpes y temblorosas, con mis pies quejicas y mi espalda retorcida. Y lloré,
como un niño; lloré ante la imponente imagen de Jesucristo, de Dios hecho
hombre para sufrir como nosotros y sudar y sangrar..., y allí estaba yo, un tío
que no podía hacer lo que acababa de hacer. Y lloré.
A la vuelta -porque todo lo que sube tiene
que bajar- mis pies me mandaban mensajes todo el rato: pero qué has hecho
tronco, estás loco, te vas a enterar el resto del día. Pero me daba igual, yo
era incapaz de prestarles atención; todo lo que podía oír en mi cabeza era la
melodía del 'Home sweet home' de Mötley Crüe. A mí nunca me han entusiasmado mucho
estos cuatro californianos, la verdad, pero... he de reconocer que este tema
tiene algo. Además, oírlo mientras regresas a casa después de... lograrlo...,
sencillamente te deja sin palabras.
Sabes que soy un soñador
con el corazón de oro,
tengo que correr rápido hacia arriba
para no volver a casa cuesta abajo.
Que algunas cosas no fuesen bien
no quiere decir que siempre fueran mal,
simplemente quédate con esta canción y
nunca te sentirás sólo y abandonado.
Llévame en tu corazón,
siénteme en tus huesos,
tan solo una noche más
y llegaré al final
de esta larga y sinuosa carretera.
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.
Sabes que he visto
demasiados sueños románticos:
arriba las luces, la pantalla oscureciendo.
Mi corazón es un libro abierto
que todo el mundo puede leer;
a veces nada puede mantenerme quieto
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.
Esta noche, esta noche.
Estoy en camino,
estoy en camino;
hogar, dulce hogar.
jueves, 4 de febrero de 2016
EXTRACTO DE UNA TRISTE VIDA
Al fin había llegado el invierno y, como
cada comienzo de temporada, acababa de incorporarse un nuevo aprendiz. Esta vez
se trataba de un estudiante de empresariales, de derecho o algo así; un
universitario, uno de esos listillos que sólo buscan una forma fácil de
conseguir algo de efectivo para el fin de semana mientras se meten en la cabeza
ingentes cantidades de información con la esperanza de que algún día les sirva
algo. Nada que ver con los zafios muchachos que supuestamente, esperaban
encontrar un trabajo con el que independizarse económicamente de sus padres y
darse la buena vida. Normalmente estos últimos duraban más que los
universitarios, aunque el motivo de su 'abandono' resultaba más cruel: una vez
juzgaban haber aprendido lo suficiente, se independizaban también de su mentor
y, de paso, intentaban levantarle algún cliente. Los estudiantes, en cambio,
siempre eran más sinceros: tenían claro que aquello duraría lo que durasen sus
estudios, vacaciones de verano a parte, y así se lo hacían saber a su maestro
al entrar a formar parte de la plantilla.
Por lo tanto, quedaban por delante dos
años, puede que algo más si alguna asignatura se resistía, de media-jornadas
laborales en turnos cambiantes a los que López, profesor de limpiacristales por
más de treinta años, ajustaría toda su vida con el único fin de no causarle
excesivas molestias al pobre joven aprendiz que, jamás lo dudaba, haría todo lo
que estuviese en su mano por ser realmente eficiente y rentable.
En el fondo, López se sabía un tanto
imbécil; a menudo pensaba, no sin razón, que el más inepto de todos los
operarios de limpieza es el encargado: vestido de faena y con los guantes por
estrenar. Así que jamás se atrevía a 'ponerse en su puesto' y meter en cintura
a cualquiera de aquellos muchachos irreverentes o estúpidos con los que se veía
obligado a convivir durante cierto tiempo; en cambio, prefería agacharse, meter
la mano en el cubo de fría agua enjabonada y enseñarles qué tenían que hacer.
A López le fallaba -así lo sentía él- la
coherencia; era como un bebedor que se atiza la primera copa de vino a media
mañana al tiempo que sueña con un día, sólo un día entero, sin probar el
alcohol. Al final terminaba pensando, no le quedaba más remedio, que jamás se
podría quejar por su suerte; sólo los hombres que siguen empeñándose en vivir
tienen derecho a respirar.
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