lunes, 22 de agosto de 2016
domingo, 21 de agosto de 2016
Me ha costado tanto expulsar esta última
lágrima que... mucho me temo que al fin hemos llegado al hueso.
Amenazas veladas. Declaraciones de guerra
en toda regla, con publicidad en los medios incluida. Tu vida se va a acabar; y
yo soy la única persona que sabe cuándo será el instante final, el suspiro
definitivo. Puedes ir preparando tu casa para el velatorio. Nadie hará la ola
por este muerto, eso está claro; a pesar de todas las páginas escritas, no lo
has conseguido, cariño.
Un ensayo disfrazado de novela, un entremés
nada ligero y un experimento capaz de acabar con toda la Humanidad. Suenan
campanas en el horizonte próximo, el final ya está aquí. Cierren sus cuadernos,
libros al suelo, comienza el examen.
viernes, 19 de agosto de 2016
LA LIBERTAD
Hacía tiempo que no escribía nada que
mereciese la pena; de hecho, tenía la sensación de que realmente a aquella
extraña operación de pensado, repensado, recortado y maniatado de ideas, que
solía llevar a cabo últimamente, podía llamarla de cualquier forma, excepto
escribir.
Este descontento, malestar o desacuerdo con
la propia obra, se debía principalmente al abusivo uso que, en los últimos
tiempos, había hecho de la autocensura y algo que podríamos catalogar de
'porsiacasismo'. El miedo, atroz, a que algún pariente o conocido pudiese
descubrir alguno de sus más recientes y oscuros secretos, le obligaban a tirar
de historias trilladas, tópicos simplistas y frases hechas en cantidades
ilógicas; ya no tenían lugar la sinceridad, el lenguaje directo, la acidez o
mordacidad que le habían hecho merecedor de un nombre propio en el mundo de las
letras.
Nadie. Nada. Así se sentía: un contenedor vacío
de nada bueno y lleno de desperdicios con los que poco, o nada, se puede hacer.
Y, ¿de qué, para qué -se preguntaba constantemente- puede servir toda esta
miseria lírica? Ten bien articulada, tan dulcemente servida y tan falsa,
venenosa, innecesaria. Rompería todas y cada una de las páginas estúpida y
torpemente manchadas, invertidas en hablar mucho para no decir nada: la espuma
de los día cubriendo la realidad de mi vida, ocultando todo lo que realmente
es, lo que merece la pena.
Así las cosas, una inusualmente fresca
tarde de verano, de esas de calles desiertas y ventanas cerradas, salió a pasear.
Murmurando para sí, el ceño fruncido, maldiciones y juramentos, se fue alejando
de las calles conocidas, de su zona de confort y los dominios cotidianos para
terminar adentrándose en un barrio periférico de su ciudad del que apenas
habría oído hablar un par de veces en toda su vida. Al principio la novedad no
le impresionó: caminó durante algo más de una hora sin prestar atención al
nuevo entorno hasta que, bocinazo por todo lo alto, un atropello frustrado lo
sacó de su ensimismamiento. Al susto inicial siguió un rápido salto hacia
atrás, un brusco movimiento que terminó con sus nalgas golpeando violentamente
el suelo; la caída, a pesar de aparatosa y ridícula, resultó ser providencial:
ante él, la clásica fachada cubierta de ladrillos rojos y ventanales escondidos
tras enrejados barrotes negros de una librería de anticuario; uno de esos
maravillosos lugares que, aún en los días más oscuros, conseguían levantarle el
ánimo. Entró.
El Universo resumido en varias montañas de
papel ajado y amarillento. Maravillas de la mente nacidas de la simple
observación de las maravillas de Dios.
Después de un buen rato rebuscando entre
mastodónticos volúmenes de más de doscientos años, cuadernos de cartoné llenos de
fórmulas incomprensibles y ligeras novelas venidas de ultramar en tiempos de
posguerra, encontró, medio escondida detrás de un rascacielos enciclopédico,
una estantería llena de cuadernos, bolígrafos, plumas, pergaminos y demás
material de escritura; de recreación, que hubiese dicho él, de ser el mismo que
un día consiguió dejar boquiabiertos a los poco más de trescientos asistentes a
la presentación de su primera novela, con sus comentarios humildes y
grandilocuentes.
No dudó: tan pronto como sus ojos se encontraron
con aquella pequeña libreta de tapas nacaradas, algo arañadas, y goma negra,
supo que había encontrado una nueva perfecta compañera. Aquí... aquí -pensó-
podré volver a escribir, seré sincero; será como volver a empezar: otro
cuaderno, otro nombre, otra vida. Nadie sabrá de ti, mi fiel amigo, y así,
fingiendo no ser yo, podré volver a ser. Escribiré a oscuras, en la calle,
antes de regresar a casa y a los otros cuadernos en los que pretendo ser
escritor pese a que no escribo nada. Regresaré a ti cada jornada, un poquito
antes de que el resto del mundo despierte y me engulla con sus demandas y
veloces pretensiones. Seremos tú y yo: útil e intención; no habrá nadie, nada
más. La más absoluta honestidad, la realidad más limpia; al fin, la libertad.
martes, 16 de agosto de 2016
domingo, 14 de agosto de 2016
miércoles, 10 de agosto de 2016
CUALQUIER DÍA
"Cualquier día lo mando todo a la
mierda y me largo"; un sueño, una promesa incumplida sistemáticamente, una
declaración de intenciones que nace mutilada.
Lo tenía claro, y aún así no podía
evitarlo: Jacobus Stolz estaba harto de su insignificante y veloz vida. Poseía
una fructífera y estúpida empresa con varias decenas de trabajadores que
ocupaban sus jornadas apretando tuercas de máquinas cuya utilidad era un
completo misterio. Cada día, desde bien temprano, Stolz se dedicaba a revisar
todas y cada una de esas tuercas, minuciosamente, más como un maniaco que como
un gerente cualquiera; así, día tras día, durante quince años. Hastiado,
Jacobus fantaseaba -y a menudo amenazaba- con levantarse una mañana y
desaparecer con unos cuantos miles de euros ahorrados y una maleta con algo de
ropa para sus dos hijos, su mujer y él mismo. Los secuestraría, pensaba, y les
regalaría la libertad, una oportunidad en otro lugar, con otro nombre; una nueva
vida. Sin cartas de despedida. Hay que aclarar que el pobre Stolz sabía que, de
llevar a cabo su huída, tendría que 'secuestrar' obligatoriamente a su esposa,
ocultándole en todo momento sus verdaderos planes. Bien sabía él que también
ella, secretamente, soñaba con escapar de aquella trampa maldita en la que,
casi sin darse cuenta, llevaba metida diez años; no era fácil ser la compañera
de un escritor frustrado, triste y gris, que regresaba cada jornada a sus
brazos con la cabeza gacha, perdido en lamentos y maldiciones por saberse, cada
día, un poquito más lejos de sus expectativas. Por desgracia, y a pesar de
todo, ella aún no había tocado fondo; era mucho más fuerte que él, y esa
fuerza, precisamente, la mantenía atada a todos los convencionalismos que tan
desgraciada le hacían sentir: familia, trabajo, posición... el mundo.
Así que Jacobus Stolz, que se dedicaba a
mentirse y trampearse a si mismo jornada sí, jornada también, comenzaba todas
las semanas cumpliendo con un ritual que sólo para él tenía algún sentido. Cada
lunes, a las siete en punto de la mañana, cruzaba el umbral de la Cafetería
Gredos, lugar en el que había ambientado los primeros pasajes de su única
novela publicada -doce años atrás-, pedía un café solo y tomaba asiento en la
mesa más alejada del ruido del televisor que se empeñaba en escupir noticias
que nada le importaban; allí abría un viejo cuaderno que le había regalado
hacía mucho tiempo su padre, el único que alguna vez había creído en sus
posibilidades como escritor, pensaba él, y vertía algo de tinta sobre una de
sus páginas. Después de media hora levantaba la vista, los ojos rojos, llenos
de lágrimas, pagaba y se encaminaba a su oficina. Comenzaba una nueva semana. A
cada paso canturreaba, silbaba una vieja melodía de Tchaikovsky; cualquier día,
susurraba, cualquier día.
jueves, 4 de agosto de 2016
ESPERANZA
Publirreportajes televisivos. Pretemporada
y ronda de contactos. Eventos, inauguraciones, encuentros, citas. Prensa rosa,
revistas deportivas y cómics porno-erótico-festivos. Préstamos inmediatos,
hipotecas.
La verdad es que yo me alegro; el nivel de
estupidez está a punto de ser absoluto, lo que nos llevará, en breve, a
reaccionar; aunque sólo sea por una simple cuestión de supervivencia. Son los
puntos sin retorno aquellos que con mayor fuerza nos pueden propulsar al
cambio.
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