martes, 27 de enero de 2015

GAFAS DE CRISTALES ROSA
     Oasis llevaba meses sacando videos de su '(What's the story) morning glory?' en los que Noel llevaba unas muy parecidas, así que nadie se sorprendió en el colegio cuando yo estrené aquella primavera del 96 con un par de gafas de redondos cristales rosa. "Te quedan muy bien", me decía Sarri, la amiga que me había pasado una cinta del segundo largo de los de Manchester que "seguro que te va a gustar, están en el punto perfecto entre el pop y el rock; vamos, que tanto para ti como para mí". Sarri sabía mucho de música, tocaba el teclado en un grupo de pop sesentero y disparaba unas doscientas palabras por minuto; también entendía de moda retro, por eso le gustaban mis gafas a lo Elton John.
     El caso es que aquellas gafas, que me había regalado una señora muy mayor amiga de mi abuela, me encantaban. Yo solía vestir siempre de negro o con una cazadora vaquera y un par de jeans oscuros, así que aquellas gafas suponían un punto de rotura con mi yo habitual, con el adolescente serio y distante que solía ser; se podría decir que aquellas gafas de lentes redondas de color rosa me convertían en otro tipo, uno capaz de escapar de la monotonía de mi vida a los quince, uno listo para la acción, dispuesto a sorprender a quien quisiera acercarse y esperar un rato, un loco a punto de encender un millón de bombillas sobre su cabeza..., en fin, alguien totalmente distinto de aquel que era y alguien muy parecido al tipo que he llegado a ser.
     Me encantaban aquellas gafas.

sábado, 24 de enero de 2015

FRÍO
     Melancolía. Frío fuera, y dentro también; aún más frío, o no, tal vez simplemente... Competición estúpida. Tristeza, tristeza de vivir y cierta dosis de apatía.
     Fuera llueve, y graniza, el viento sopla con odio -hacia la raza humana, hacia los hijos semejantes de Dios, hacia mí-; dentro una mesa, un vaso con botella a juego, un cuaderno, un bolígrafo cualquiera. Han abierto un comedor con capacidad para mil ochocientos comensales sólo para mí, para mi ego, mis necesidades y mi virilidad oxidada, dormida, durmiente; hace frío ¿fuera, dentro? Observo las dimensiones de este gran salón solitario en el que la música suena exclusivamente para tocarme las narices a mí: mesas, sillas, platos, cubiertos, manteles, lámparas, cables, servilletas, cartas, vasos y copas, cuadros, pantallas de televisión, altavoces y un par de figuras de los Blues Brothers a tamaño real; melancolía, desolación, apatía... Tanta como para que no importe mucho dejar de respirar mientras estas líneas se escriben por si solas.
     Entiendo a mi padre. Hoy, ahora, en momentos como éste, creo que entiendo a mi padre: mil kilómetros sin dormir para comer y decir adiós mientras suenan Los Ronaldos, "adiós papá, adiós papá, envíanos un poco de dinero, más".
     No llueve, diluvia. Me duelen las manos, me duelen los pies, siento que estoy a punto de vomitar..., no puedo más; pero el teléfono ha sonado, alguien necesita mis servicios. Seré su puta una vez más, a cambio de unos cuantos papelitos de colores a los que alguien mucho más listo que yo ha asignado el valor monetario de mi tranquilidad durante toda una tarde. Adiós papá, adiós papá... nos veremos en... puede que en un área de descanso, tiritando, congelados, al borde del suicidio no premeditado, a punto de desistir.

viernes, 23 de enero de 2015

     ¿Qué tal estás?, me preguntan, por compromiso imperativo, clientes, amigos, familiares y transeúntes con los que me cruzo a diario. Yo tengo claro que realmente les importa una soberana mierda si tengo algún problema, si sufro estoicamente o soy el tipo más feliz a este lado del planeta -de hecho creo, sin miedo a equivocarme, que más de uno sonreiría secretamente al conocerme alguna desgracia-, y aún así preguntan: ¿qué tal estás? Yo, que no soy más que otra cobaya girando y saltando alegre y/o abnegadamente dentro de mi rueda, sonrío y contesto con mi parte de la ecuación de la diplomacia social: bien, bien; vamos tirando.
     De vez en cuando me encuentro algún transgresor, qué tal estás, y se me queda mirando, ahí parado, esperando una respuesta auténtica; es más común el otro extremo: ¿qué tal estás, bien, no? Avocado a la confirmación, al asentimiento, qué opciones le dejan a uno; no, coño, no estoy bien para nada, aunque a ti te fastidie la estadística, a pesar de que eso te obligue a tener que reconocer que tu pregunta era mero formalismo y que ahora no te interesa entrar en 'mi materia'. Pero claro, yo soy un pero bien amaestrado, muy bien amaestrado, exageradamente amaestrado, y respondo como cabe esperar: guau.

jueves, 22 de enero de 2015

"El día avanza desde el primero de sus minutos aunque yo no sea consciente de ello hasta que abro los ojos".
Israel Lozano

viernes, 16 de enero de 2015

"Me preguntas: ¿qué es la vida? Es como si me preguntaras: ¿qué es una zanahoria? Una zanahoria es una zanahoria, y no sé mucho más".
Antón Chéjov en una carta a su esposa (1904)

miércoles, 14 de enero de 2015

ACERCÁNDOSE AL LÍMITE
     Sucesión ininterrumpida de días fríos, días acalorado, noches extenuado y amaneceres apesadumbrado; a veces llegas a confundir los días de la semana, las horas... incluso dudas si el último corte que te has hecho en la palma de la mano sangra de verdad o, sencillamente, has terminado por volverte loco del todo y la sangre que brota de la herida es sólo un espejismo. Uno termina odiando su trabajo, escupiendo sobre la actividad que le provee de alimento y que un día no muy lejano -aunque ahora parezca una eternidad atrás- le dispensó más de una sonrisa. Te duelen las manos, los pies, la cabeza, y empiezan a asquearte todas las personas que has conocido gracias a tu actividad laboral, lo que puede ser bastante peligroso, pues hay quien comparte trabajo con su padre o su esposa -a quien también puede haber conocido en el transcurso de una jornada de trabajo, quizá despachándole o vendiéndole algo-; de hecho, hay personas que sólo se relacionan con gente que tiene algo que ver con su trabajo. Entonces uno comienza a comprender a los suicidas, a los homicidas y a los apátridas. A los primeros porque siempre es preferible liquidarte a ti mismo y, de paso, descansar; a los segundos por el hartazgo y el hastío, y puede que por enajenación mental transitoria también; a los últimos por la necesidad de escapar muy, muy lejos, y no sentir la tentación de mirar hacia atrás.